El tránsito y las ECM
(El texto que sigue, en audio: https://www.youtube.com/watch?v=R9Z_DiA0ZuQ)
Como se desarrolló en la anterior entrada del
blog (La muerte no existe: morirse a gusto), la muerte no es el final de nada,
sino un tránsito, un estado intermedio entre un ciclo vital que finaliza y otro
que se inicia. Y la dimensión espiritual que abandona el cuerpo físico durante
el mismo, no es un fantasma: es nuestro auténtico ser. Y en la medida en la que
el tránsito se produce, cualquier sensación física va desapareciendo, pues ya
no hay una corporeidad que la genere: dejan de existir barreras materiales y
todo fluye en la Luz que Somos y Es. Las percepciones conscienciales pasan,
así, a desenvolverse en la esfera cuántica: se transforman en muy sutiles; se
expansionan espectacularmente y son radicalmente distintas a las que teníamos
cuando nuestra dimensión espiritual aún moraba en el cuerpo.
En este marco, el tránsito sigue unas pautas y
cuenta con un recorrido que la Humanidad ha procurado verter desde tiempos
pretéritos en diversas tradiciones orales y en diferentes textos, como el
“Bardo Thodol” o “Gran Libro de la Liberación Natural mediante la comprensión
en el Estado Intermedio” (mal titulado a menudo como “Libro Tibetano de los
Muertos”), que constituye una completa guía de instrucciones, redactada en
torno al siglo VIII, para afrontar el tránsito, para el que estima una duración
de 49 días. Específicamente, la obra divide el tránsito (Estado Intermedio o
Bardo) en tres fases, de las que se ocupa en cada una de la triada de partes en
las que se estructuran sus páginas: primera, el mismo momento del óbito o
Estado Transitorio del Momento de la Muerte: segunda, lo que se experimenta
después de fallecer o Estado Transitorio de la Realidad; y tercera, el Estado
Transitorio del Renacimiento, esto es, todo lo relativo a lo que antecede al
nuevo nacimiento físico o reencarnación, incluyendo el nuevo arranque de los
instintos físicos.
Contemporáneamente, han sido muchos los
investigadores que se han ocupado del tránsito a través, principalmente, del
estudio de las experiencias cercanas a la muerte (ECM) vivenciadas por
numerosas personas. Como botón de muestra, se traen aquí tres de ellos:
+El estadounidense Raymond
Moody, médico psiquiatra y uno de los pioneros en el tema con su libro,
publicado en 1975, “Vida después de la vida”, (Editorial EDAF; Madrid, 2009),
donde recoge relatos de personas que habían superado la muerte clínica y se
constata la existencia y coincidencia entre ellas de experiencias
extracorporales. Su estudio empírico sobre cientos de ECM demuestra que éstas
siguen un patrón común: abandono del cuerpo, que se ve desde arriba;
desplazamiento por una especie de pasillo hasta llegar a una luz brillante, en
la que se siente compasión y amor absolutos; presencia de amigos y familiares
que han muerto; recuerdo panorámico en el que se contempla toda la vida pasada;
y todo esto sucediendo al mismo tiempo y de forma instantánea. Y la mayoría de
las personas que han vivido las experiencias cercanas a la muerte lo rememoran
como algo grato y satisfactorio: según una encuesta Gallup de 1982 sobre las
ECM, de entre los ocho millones de norteamericanos que declaraban haberlas
tenido, sólo para el 3% fue algo desagradable o experienciado como negativo.
+El prestigioso doctor
sevillano Enrique Vila, Jefe de Medicina Preventiva en el Hospital
Universitario Virgen Macarena de la capital hispalense, que en compañía de su
esposa, Ángeles Garfia, desarrolló durante 30 años, hasta su fallecimiento en
2007, un intenso trabajo de indagación científica sobre las experiencias
cercanas a la muerte, entrevistando por toda la geografía española a cientos de
personas que las habían tenido y comprobando las grandes similitudes de lo
sentido y percibido por ellas. Su libro póstumo “Yo ví la luz” (Ediciones
Absalon; Cádiz, 2010) recopila los resultados de una parte de tales
entrevistas.
+ Y el Dr. Pim van Lommel,
reputado cardiólogo holandés, que trabajó durante más de 25 años en un hospital
docente con ochocientas camas. Al hablar con cientos de sus pacientes que habían
sufrido un paro cardíaco, quedó atónito al descubrir que, lejos de haber
perdido la conciencia durante el período en el que habían estado clínicamente
muertos, recordaban haber vivido una experiencia extraordinaria: algo que a Van
Lommel, como científico, le era difícil de aceptar. Ante ello, decidió estudiar
el fenómeno sistemáticamente durante dos décadas en su clínica con un equipo
especializado. Y, en 2001, publicó una síntesis de su investigación en la
acreditada revista médica “The Lancet”, causando un revuelo internacional. Así
se gestó su libro “Conciencia más allá de la vida” (Editorial Atalanta; Girona,
2012), que ofrece abundantes pruebas científicas de que las experiencias
cercanas a la muerte son un fenómeno que no puede atribuirse a la imaginación,
a la psicosis, o a la falta de oxígeno. Pim van Lommel introduce estas
experiencias en un amplio contexto cultural que va desde las diferentes
visiones religiosas, hasta los nuevos presupuestos de la física cuántica, en
donde estos fenómenos tienen un lugar coherente dentro de sus modelos teóricos.
Los resultados de su investigación llevaron a un medio de comunicación tan
solvente como “The Washington Post” a señalar que “las pruebas sostienen la
validez de las experiencias cercanas a la muerte y sugieren que los científicos
deben reconsiderar las teorías existentes sobre uno de los más profundos
misterios biológicos: la naturaleza de la consciencia humana”.
Mi propia experiencia cercana
a la muerte
Lo recogido en estos textos coincide y encaja
con mi propia experiencia cercana a la muerte en la UCI de una clínica
sevillana, en la tarde del lunes 29 de noviembre de 2010. Me llevó a ella una
cadena de “causalidades” que reconozco sin tapujos, por el auténtico
renacimiento que provocó en mi vida, como una “Bendición” y todo un regalo de
la Providencia: una caída bajando un monte, en la madrugada del domingo 7 de
noviembre, que origina una fractura de peroné; la fractura genera, el viernes
26 de noviembre, una trombosis, y ésta, un infarto pulmonar; un erróneo
diagnóstico inicial del infarto como simple neumonía; y el ingreso en la UCI en
situación límite -con otros múltiples trombos en la vena femoral y cuantiosa
pérdida de sangre expulsada por la boca-, el indicado lunes 29. La ECM que
entonces experimenté y sentí de manera clara y diáfana duró casi dos horas de
nuestro tiempo, aunque se desarrolló en el contexto cuántico en el que -como se
resaltó párrafos atrás- el tránsito se produce. Siendo por ello complicado
enunciarlo en palabras, lo entonces vivenciado puede ser sintetizado así de
forma general:
1º El ser que somos -esto es:
la dimensión espiritual encarnada en el cuerpo físico-, lo abandona (“sale” del
cuerpo, expresado coloquialmente) antes de que el fallecimiento de éste y la
conclusión de sus funciones fisiológicas hayan llegado a producirse. No vivimos
ni la expiración final ni el estertor previo. Antes de que acontezcan, dejamos
lo que fue nuestra corporeidad en el ciclo vital y la vida física que está
concluyendo.
Esto explica, precisamente,
las experiencias cercanas a la muerte: son procesos de tránsito que se viven en
su fase inicial, pero no llegan a completarse debido a que, por las razones que
sea (se abordan en el apartado 10º), la dimensión espiritual retorna al cuerpo
físico que aún no había fallecido. Si el tránsito empezara una vez que la
muerte física hubiese acaecido, tal regreso a la corporeidad no sería factible.
2º En mi experiencia, mi
cuerpo se hallaba tendido en la cama boca arriba. Lo más frecuente es esto: que
el cuerpo del moribundo se encuentre en esta posición de decúbito supino
(tumbado sobre la espalda), aunque también en decúbito lateral (echado de
costado), decúbito prono (yaciendo sobre el pecho y el vientre), o recostado
sobre algún tipo de asiento (un sillón, el interior de un vehículo…). En
cualquier caso, en el instante en el que empezamos a “salir” del que fuera
nuestro cuerpo, sentimos cómo nos elevamos sobre él, quedando el cuerpo abajo y
nosotros arriba.
Es el inicio del tránsito; y
nuestro ser, “sentado” o “flotando” sobre el que fuera nuestro cuerpo, adopta
el papel, no de sujeto activo de lo que está sucediendo, sino de observador de
la situación y de todo lo que en ella ocurre (familiares que están junto al
moribundo, personal sanitario que lo atiende, otra gente que se halle
alrededor, conversaciones, llantos…).
3º De inmediato se produce un
hecho espectacularmente maravilloso: “vemos” en toda su integridad y con todo
lujo de detalles, la vida física que estamos abandonando; es decir: cada
uno de los hechos y circunstancias vividos y acontecidos durante ella, todos
sin excepción y ordenada y pormenorizadamente, no de manera deslavazada,
parcial o resumida. Y esto se “visualiza”, no a través de la mente, ni como una
película o sucesión paulatina de fotogramas o escenas que se proyectaran ante
nosotros: la vida que hemos experienciado, por prolongada o intensa que haya
sido, se contempla íntegramente y de modo instantáneo, todo a la vez y en un
momento, como si nos tragáramos una pastilla o un chip que nos permitiera ver
de golpe, ipso facto, en una especie de colosal flash, todo lo
vivenciado a lo largo de la misma.
Se percibe así, de manera
directa y sin necesidad de elucubraciones intelectuales, que el tiempo no
existe y que la Creación –y nosotros en ella- fluye y se despliega en la
instantaneidad, sin pasado ni futuro, todo en un Aquí y Ahora que es la
Eternidad en sí: el momento presente continuo en el que lo eterno se
desenvuelve.
4º La visión íntegra e
instantánea de la vida que ha terminado, proporciona otra sensacional sorpresa:
verificar -sin lugar a dudas ni incertidumbres- que todo hecho en el mundo
exterior (en nuestra vida, en la de los demás, en el planeta, en el Cosmos…)
tiene su causa y origen en el interior (en el caso de la vida de cada uno, en
el interior de cada cual). Y, ligado a ello, comprobar cómo, en la vida que
dejamos absolutamente todo (cada evento, situación o experiencia, por
insignificante o importante que para nosotros haya sido) enlaza con el
propósito -el “propósito de vida”- para el que nos encarnamos en la persona que
fuimos y, en ese contexto, ha tenido su porqué y su para qué: por tanto, todo
encaja de manera armónica y no hay ninguna pieza suelta o fuera de lugar en el
puzle (en ese rompecabezas que la vida nos parece tantas veces, mientras
estamos inmersos en ella).
Esto permite percatarse de la
ficción mental que representa calificar, clasificar y enjuiciar los hechos que
vivimos bajo el prisma de la dualidad: buenos o malos, placenteros o dolorosos,
gratos o ingratos, blancos o negros… Lo cierto es que en la vida no sobra nada:
tampoco esas circunstancias que mentalmente quisiéramos borrar del mapa y de
nuestra memoria y nunca haber vivido. En ese sublime momento del tránsito se
“ve” con meridiana claridad que todo es perfecto y tiene su sitio en el bagaje
de Consciencia y Experiencia que es lo único, ni más ni menos, que nos llevamos
con nosotros a la “otra vida”.
5ª Y las bellas sorpresas no
terminan aquí, pues a todo lo anterior se suma de inmediato la constatación de
que el tránsito no lo acometemos solos, sino estupendamente acompañados. ¿Por
quién?. Al principio son luces blancas y brillantes que nos rodean, aunque
pronto toman un aspecto reconocible: el de seres queridos fallecidos antes que
nosotros (pueden ser nuestros abuelos, padres, hermanos, hijos, pareja, amigos
íntimos…) y el de aquellas “entidades” (santos y santas, ángeles y arcángeles,
guías y “maestros” espirituales… cada cual en función de sus “creencias” ) por
las que durante la vida habíamos sentido algún tipo de vinculación espiritual
(devoción, sentimiento de compañía, percepción de apoyo en tesituras difíciles
de la vida, comunicación de mensajes y canalizaciones…).
Todos estos “acompañantes” en
el tránsito se muestran amorosos y extremadamente alegres. Entre ellos, los
seres queridos ya fallecidos son los que toman la iniciativa de la comunicación
con nosotros. Obviamente, no hablan, pues carecen de corporeidad, pero se
recibe nítidamente lo que nos transmiten: mucha felicidad por el reencuentro y
una gran paz, sosiego y confianza para continuar avanzando en el tránsito.
6ª. Al menos en mi caso -que
durante la vida física había tenido oportunidad de sentir nuestra naturaleza
multidimensional y contactar con mi Yo Superior en otras Dimensiones-, a los
familiares fallecidos y a las mencionadas “entidades”, se agregaron formas de
luz que fueron tomando el aspecto de “mí mismo” en otros planos de consciencia:
“mí Yo” de Cuarta Dimensión, de Quinta, de Sexta… (a veces se trata de los
guías y maestros antes citados, que en ocasiones no son sino nuestro Yo
Superior experienciando en otros planos más sutiles de existencia y que, desde
ellos, mantienen la conexión con su proyección en Tercera Dimensión; es decir:
con lo que nosotros hemos sido durante la encarnación que acaba de concluir).
7º Cuando nos encontramos tan
excelente y portentosamente acompañados, en nuestro entorno se abre un soberbio
túnel de luz resplandeciente. Yo lo vi emerger delante de mí y en posición
horizontal, sin pendiente alguna, aunque otras personas que han tenido
experiencias cercanas a la muerte lo recuerdan inclinado verticalmente y orientado
hacia arriba o hacia abajo. En cuanto al color de la luz, la visualicé
refulgente y casi deslumbrante, pero incolora, si bien hay quien la ha visto
blanca, amarilla, azul o verde esmeralda. En cualquier caso, su brillo es tan
cálido como acogedor, y nos invita introducirnos en el túnel sintiendo y
sabiendo que es la puerta hacia el “más allá”, hacia la otra vida.
8º Pude ver, igualmente, que
la forma de túnel que esa luminosidad tan radiante adopta no es fruto de la
casualidad, sino que se debe a que la luz llega hasta nosotros desde el otro
plano abriéndose paso a través de una capa nublosa, sombría y viscosa. Supe de
inmediato -sin necesidad de preguntar-, que su origen radica en las
proyecciones energéticas y conscienciales de las experiencias de desamor y
desarmonía que entre todos desarrollamos en Tercera Dimensión y que rodean este
plano como si fuera una nube de contaminación o una franja de “chapapote”.
También pude sentir que hay
dimensiones espirituales que en el tránsito -debido al desconcierto generado
por la inconsciencia acerca de lo que están experimentando (a menudo, porque
nunca en su vida se han planteado que fueran a morir algún día ni nada con
sentido de trascendencia) y a su querencia consciencial hacia el mundo
material que están abandonando- tienden a no pasar el túnel de luz, y optan, en
libre albedrío, por permanecer dentro de esa capa oscura, empeñándose en
reproducir -aunque ya carezcan de corporeidad- los hábitos y conductas de
cuando estaban físicamente vivos. Muchos casos de “presencias”, espectros y
asimilados que estudia la parapsicología, obedecen a este hecho. En algunos
casos, se trata de un estado transitorio y, pasado un “tiempo”, las dimensiones
espirituales entran por el túnel de luz (la labor de convencimiento de las
dimensiones espirituales de los seres queridos fallecidos suele ser crucial al
respecto). En otros, en cambio, permanecen en esta capa indefinidamente, hasta
el momento de su nueva encarnación en el plano humano, al que vuelven sin
completar el tránsito: sin haber gozado de la Luz del más allá y de la
perspectiva de las cosas y de la vida que en ella se recuerda y disfruta.
Esto suele provocar que, en la
nueva vida, su personalidad, actos y experiencias se hallen aún más ajenos a
cualquier percepción de trascendencia y firmemente apegados a lo egóico y
material, en sus diferentes manifestaciones, confundiendo la felicidad con la
mera cobertura de sus deseos físicos y anhelos emocionales. Es a ellos a los
que Jesús de Nazaret se refiere cuando lanza aquella frase tan aparentemente
críptica: “deja que los muertos entierren a sus muertos” (Lucas, 9,60).
Esos “muertos que entierran a sus muertos” no son los de los cementerios, que,
estando muertos físicamente, han realizado el tránsito a la otra vida, sino las
dimensiones espirituales que, sin haber pasado al otro plano ni haber gozado de
él, vuelven a encarnar en cuerpos humanos, desplegando, como se acaba de
reseñar, una vida física carente de Vida y volcada en el egocentrismo y el
materialismo.
9º Ya al final del túnel, tras
haberlo recorrido, o inmediatamente antes de salir de él (éste fue mi caso), se
vive algo imposible de plasmar en palabras y que solo puedo compartir como
experiencia excelsa y gloriosa de Amor Puro: el contacto vivo y directo con la
energía o esencia crística o búdica. Su presencia fue presentida tanto por mí
como por todos los seres de luz que me acompañaban en el tránsito,
transformándonos en más refulgentes y radiantes poco antes de su “llegada”.
Cuando inunda cuanto nos rodea,
la inercia derivada de la corporeidad física que acabamos de dejar, hace que
busquemos en nuestro interior consciencial una imagen que, de algún modo,
refleje esa hermosa y tremenda fuerza de Amor que estamos sintiendo de manera
eminente y grandiosa. Y en este punto, cada cual la percibe en función de la
tradición espiritual o religiosa que haya hecho suya durante la vida que acaba
de concluir.
En mi experiencia, la
visualicé en la forma de Cristo Jesús: un Jesús de Nazaret de cuerpo luminoso,
blanco centelleante; melena castaña y corta, con los pelos ligeramente caídos
sobre los hombros; y rostro maduro, aunque juvenil, tan lleno de Amor como de
autoridad (no basada en ningún tipo de dominio, control o poder, sino en la
potencia natural de su evidente e inconmensurable divinidad). Me tendió sus
manos de luz y las entrelazó con las mías, generando en mi ser una experiencia
de gozo inenarrable.
10º La mayoría de las personas
que han tenido experiencias cercanas a la muerte y han vivenciado lo sintetizado
en los puntos precedentes, no quieren volver al cuerpo físico y a la vida que
habían dejado. ¿Por qué, entonces, algunos sí regresamos?
Los motivos pueden ser muy
diversos: desde los que retornan sin saber exactamente la razón, a los que, al
contemplar íntegramente su vida, consideran que tienen experiencias pendientes
relacionadas con el “propósito de vida” con el que encarnaron en esa existencia
física y que aún pueden acometer (entre esas experiencias pendientes es
frecuente que se encuentre la atención y el cuidado de hijos pequeños, pues son
los hijos, al encarnar, los que eligen a sus padres, no al revés, por lo que
éstos tienen un determinado compromiso álmico con aquellos).
Eso sí: en ese instante del
tránsito, muchos sentimos la realidad inefable de que cada uno muere (transita)
cuando íntimamente, desde su ser interior, toma esa decisión: morimos cuando
queremos, ni antes ni después; no hay casualidades ni accidentes, por más que
el fallecimiento pueda acontecer de forma aparentemente fortuita o inesperada.
Y esta decisión se halla ligada al reiterado “propósito de vida” y se adopta
una vez que ha sido cubierto o, llegado el caso, cuando se asume que ya, dado
lo mucho que se ha apartado de él, resulta imposible su cumplimiento.
¿Por qué volví yo a mi cuerpo
físico?. Fue consecuencia del encuentro, antes narrado, con Cristo Jesús y de
la comunicación que ahí se estableció, durante la que me confirmó que estaba
cumplido mi “propósito de encarnación” (es decir, no sólo el “propósito de
vida” en la que acababa de dejar, sino el propósito de toda mi encarnación, a
lo largo de una prolongada cadena de vidas, en el plano humano), a la par que
me trasladaba su deseo de que, no obstante lo anterior y salvo que ello me
desarmonizara interiormente, volviera a la vida física recién dejada, para
hacer “algo” que sólo sabría una vez trascurrido cierto tiempo tras retornar a
ella.
11. Y una vez incorporados de
nuevo al cuerpo y a la vida que habían abandonado, no todos aquellos -entre los
que en el tránsito sintieron un motivo preciso para volver- lo recuerdan. En
ocasiones, esa remembranza, o el conocimiento de la razón que en el tránsito no
supieron, se produce años después de haber retornado a la vida física.
En mi caso, el “algo”
anunciado por Cristo Jesús durante el tránsito, lo conocí al año exacto
de haber retornado a mi actual vida física; esto es: en diciembre de 2011. ¿De
qué se trata? No comparto lo que aquí relato, para contar mi vida, sino para
exponer vivencias que coinciden y reafirman las experiencias cercanas a la
muerte de numerosas personas. Por ello, baste con indicar que tiene ver con el
nuevo ciclo que se abrió a partir del famoso solsticio de invierno de 2012 y
con el momento de Evolución y Dicha que la Humanidad, la Madre Tierra, el
sistema solar y la Vía Láctea disfrutan en el Aquí y Ahora. Un contexto en el
que debo hacer dos cosas: poner mi modesto grano de arena al objeto de
trasmitir seguridad a la gente, eliminando miedos y autolimitaciones mentales
ante las maravillosas y desconcertantes vivencias que en nuestro interior –y,
como consecuencia de ello, también el mundo exterior- estamos percibiendo,
sintiendo y viviendo; y, por otro, darme la Gozada de disfrutar de la Vida
sabiendo de manera plena que todo encaja, que tiene su porqué y su para qué en
clave de nuestro desarrollo consciencial y evolutivo, que todo fluye, refluye y
confluye en el Amor de cuanto Es y Acontece y que ya todo es y nosotros mismos
somos todo aquello que nuestro Corazón puede anhelar, por lo que no hay nada
que conseguir, alcanzar, por lo que luchar, por lo que esforzarse. La Vida es
el Milagro y basta con fluir en ella con completa Confianza
12º. De lo sintetizado en los
apartados anteriores, queda abierta la cuestión relativa a qué hay más allá del
túnel de luz, pues en las experiencias cercanas a la muerte no llega a
recorrerse o, nada más hacerlo, la experiencia concluye y acontece el retorno a
la corporeidad. A pesar de esto, mi vivencia coincide con la de otras personas
que han tenido ECM en cuanto a que lo que hay tras el túnel se percibe casi
desde el comienzo del tránsito, cuando se empieza a “salir” del cuerpo físico,
y, muy especialmente, en el instante en el que se contempla por primera vez el
reiterado túnel de luz. ¿Qué es lo que percibe de ese más allá? Pues,
sencillamente, que se trata de un plano de existencia “Real” –en
contraposición, se siente que el que se está dejando, la vida física y
material, es una especie de sueño, mera ilusión o ficción- y que se halla
presidido por:
+la Unicidad, sin lugar para
ningún tipo de identidad, sea física o espiritual, ni de separación o
fragmentación;
+la Instantaneidad, sin
tiempo, ni pasado ni futuro: sólo un momento presente eterno en el que
todo sucede a la vez, similar a lo que se expuso en el apartado 3º a propósito
del flash en el que visualizan íntegramente los hechos y circunstancias
acaecidos durante la vida que se está abandonando-;
+una colosal Quietud plena de
Paz, Silencio (en cuanto a ausencia de “diálogo”, de preguntas o respuestas) y
Amor; y
+la Presencia del Vacío, del
No-Ser del que emana el Ser, de la Nada cuya Manifestación es el Todo.
Y es importante señalar que la
percepción de un plano de existencia tan radicalmente distinto al que hemos
experimentado durante la vida física, no genera ninguna clase de extrañeza o
desconcierto. Al contrario: se siente como el retorno al Hogar, a nuestro
hábitat natural, por más que la noción de “nuestro”, ligado a una identidad, ya
no tenga sitio ni sentido.
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